Aún con una magulladura violácea en un pómulo y una ligera excoriación en una ceja tras el fiero combate que sostuvo para adjudicarse en forma indiscutible el campeonato mundial de boxeo división mosca, del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), Edgar Alejandro Sosa Medina reconoce que escalar estas alturas de su carrera no ha sido fácil, sobre todo porque a sus 27 años de edad la vida deportiva que le resta es tan corta como un suspiro. “Trataré de aprovecharla al máximo”, dice en la entrevista con Gentesur, que se desarrolla en el gimnasio Díaz Mirón, un lugar fuera de lo común, ya que se encuentra al aire libre, en pleno camellón de la avenida Eduardo Molina, en la colonia Constitución de la República, unas cuantas cuadras hacia el Norte de la calzada San Juan de Aragón, de la delegación Gustavo A. Madero. “Toda mi vida he vivido aquí, en esta colonia, donde también comencé a tomarle el gusto a este deporte”, dice con gran sencillez el campeón del mundo, quien a simple vista no evidencia el par de bombas que trae en los puños ni la potencia que corre por sus delgados brazos. El camino ha sido largo y accidentado, debido a las penurias económicas que en varias ocasiones estuvieron a punto de sacarlo de esta difícil y peligrosa profesión. “Pero gracias a mi fe en Dios y a que sabía que podía salir adelante, luché contra viento y marea, incluso mi madre me desalentaba y llegó el momento en que mi esposa me dijo: o el boxeo o yo”, revela Sosa Medina mientras sonríe con satisfacción. Recuerda que el gusto por el noble y cruel “deporte de las narices chatas y las orejas de coliflor”, como lo bautizara algún antiguo cronista olvidado, le vino desde muy pequeño, debido a que en esa colonia se acostumbraba a que todos los 16 de septiembre se organizaban eventos atléticos, como carreras de pista, de bicicleta, exhibiciones de lucha libre y, desde luego, peleas de box, donde sus tíos y primos participaban. “En casa de mis abuelitos admiraba los trofeos que habían ganado mis tíos, sobre todo el menor, Pedro, que empezó a darnos algunas lecciones. Allí, junto con mis hermanos Julio César y Miguel Ángel nos poníamos los guantes y nos dábamos nuestros entres. Vecino de mi tío Pedro era nada menos que el ex campeón Miguel Ángel Ratón González, cuyo hijo, Johnny González es el actual campeón mundial de la Organización Mundial de Boxeo”. Fue así que a la edad de 11 años empezó a entrenar bajo la tutela de El Ratón González. Así comenzó la historia. Su tío Pedro era el que lo motivaba a él y a sus hermanos Julio César y Miguel Ángel a meterse en los encordados. “Nos poníamos los guantes, pero no entrenábamos. A 2 casas de donde vivía El Ratón González, mi tío empezó a dar clases de manera más formal y como Miguel ya estaba retirado, también se involucró en la enseñanza, fue como a los 11 años cuando me llevó con Miguel y me quedé”, expone. Bautismo de fuego En una función del 16 de septiembre en 1991 fue cuando se dio cuenta que los guantes y sus puños hacían una estupenda pareja. “Peleamos Johnny González, uno de mis hermanos, un primo y yo; en esa ocasión gané y después hice algunas peleas como amateur, ya que mi entrenador no tenía mucho conocimiento de los torneos y peleábamos poco”, dice. Siguió entrenando, pero sus estudios de secundaria y luego de preparatoria le robaban mucho tiempo y le impedían ir con frecuencia al gimnasio. Después se enamoró, cerca de cumplir los 19 años. Estando a punto de casarse y de ser papá, regresó a entrenar y a los 15 días le programaron una pelea en Santa Isabel Tola, la cual ganó en el segundo round. Después hizo como 14 o 15 peleas y cuando iba a ir a la Olimpiada Nacional en el año 2000, le robaron la pelea final. Fue cuando con Miguel Ángel González se decidió por el profesionalismo de su pupilo y empezó a pelear 4 rounds, después 6, 8 hasta llegar a las peleas de 10 en la Arena México. La primera pelea fue contra César González. Edgar llevaba como 10 o 12 peleas amateurs y su rival alrededor de 80. Le ganó y se hizo la revancha y lo volvió a derrotar. Posteriormente, ganó 4 o 5 peleas y se enfrento a Archie Solís, a quien derribó en el segundo round, ganando claramente, pero se la regalaron a su contrincante, recuerda con cierta pesadumbre. Pero su vida ya no sería igual, porque los comentarios de todo el mundo eran muy elogiosos y todos le decían que tenía aptitudes para llegar muy lejos. “La verdad, no me la creía, porque ya estaba casado y era difícil mantener a la familia y estar en el boxeo”, afirma. Ante la responsabilidad de mantener a su esposa e hija y pasar momentos amargos ante una enfermedad de su pequeña, quien debió permanecer 25 días internada después de nacer en el hospital de gineco-obstetricia de Tlatelolco y 17 días más en La Raza, dándole pocas esperanzas de vida, Edgar debía buscar el sustento, vendiendo cualquier cosa en el tianguis de la colonia. En ese entonces, su mamá empezaba a distribuir los productos Omnilife, y en primer lugar lo animó a consumirlos buscando la cura de la pequeña. Un producto llamado Omni Plus, diseñado para aumentar las defensas del cuerpo, sacó adelante a la pequeña Adela Alexandra. Edgar, consumió otros productos para la energía, pues requería de ésta para la práctica del boxeo. Luego, se hizo vendedor de esa línea, lo cual le ha ayudado a tener una mejora económica y estar más tiempo en el gimnasio, buscando sus sueños. Sosa está muy contento con esta empresa, de la que por cierto es dueño Jorge Vergara, propietario del club de futbol Guadalajara. Cuando empezó a vender los productos, la gente le decía que no servían, que todo era mentira y que nadie hace dinero vendiendo este tipo de cosas. Hoy, con el paso del tiempo, esos productos, no sólo le dieron salud, sino dinero para cubrir las necesidades de su familia y poder dedicarse de tiempo completo al boxeo. La noche de Edgar Sosa La noche del 14 de abril pasado es una fecha que nunca olvidará Edgar. Las miradas de los aficionados y expertos del boxeo estaban puestas en la que sería la pelea estrella del programa, que tuvo como escenario el majestuoso Alamodome, de la ciudad de San Antonio, Texas: Jorge Travieso Arce y Christian Mijares, por el título mundial supermosca del Consejo Mundial de Boxeo, del segundo. Toda la publicidad y los reflectores giraron en torno de estos 2 guerreros, incluyendo también a Julio César Chávez Jr., así como el encuentro entre Jorge El Coloradito Solís y el filipino Manny Pacquiao, por la corona superpluma del CMB. Sin embargo, la noche fue de Edgar Sosa, quien llegó como aspirante al título minimosca ante el hawaiano Brian Viloria. El espectáculo ofrecido por ambos contendientes fue el mejor de la histórica velada, pero más aún por la forma en que peleó el ahora monarca mundial, quien a partir del cuarto round, se adueñó de la pelea y llegó a la decisión para convertirse en el nuevo rey de la división. Qué lejano quedó aquel 16 de septiembre de 1991, cuando en el aniversario de la colonia, Edgar Sosa se calzó los guantes para pelear por primera ocasión en su vida. Debieron transcurrir 16 años y un sinfín de vicisitudes para que alcanzara la meta que se había trazado: ser campeón del mundo. El monarca se considera a sí mismo “una persona sencilla, que le gusta trabajar, honesta y fiel creyente de Dios, ya que Él nos dio la vida, la oportunidad de estar en el boxeo y ahora, de llegar al campeonato mundial”. Casado con Karina Velázquez, con una hija -Adela Alexandra-, está en espera de un segundo hijo. Su primer campeonato lo ganó en 2003, en Puerto Príncipe. Llegó como víctima y ganó por nocaut en 6 asaltos para coronarse monarca de la Fecarbox, avalada por el CMB. A este combate llegó con 2 derrotas, una ante Isaac Bustos y la otra frente a Archie Solís, ésta por el Campeonato Nacional. Archie lo arrojó a la lona 2 veces y le ganó la decisión, pero fue la mejor pelea del año. Solís debió de renunciar a la corona nacional porque fue en busca del título mundial y al ser Sosa el retador número uno, se hace la pelea por el título vacante ante Martín Zepeda, de Guadalajara, al cual venció en sólo 2 rounds para coronarse campeón nacional. Poco después, el título mundial minimosca, quedó vacante porque desconocieron al mexicano Omar Niño, debido a que dio positivo en la prueba de doping. Por ello, se autorizó el pleito ante el hawaiano Brian Viloría, para que de esta manera llegara al título mundial. El boxeador como producto “Con la fama te vuelves un producto, eres mercadotecnia, eres publicidad. Nosotros, agarrados de la mano de Dios y de la familia, logramos el objetivo. Siempre he pensado que hay cosas más importantes que el dinero y la fama, como el amor y la familia”, admite con inusual franqueza. Afirma que “el dinero es necesario porque te da lujos y cosas que jodido y pobre no se pueden tener, pero hay que ser sencillos, el boxeo es el deporte en donde la gente que lo practica tiene necesidad y hambre de triunfo”. Edgar admite que su perfil “era bajo, pero yo sabía de mis capacidades y mucha gente sabía que podía lograrlo. Íbamos en contra del rival, del escenario y del promotor, quien ahora será quien impulse nuestras peleas. Todo eso nos dio fuerza para llegar mejor preparados y que la gente pensara de que íbamos por la chica”, señala. Brian Viloria había peleado con buenos mexicanos y los había derrotado. La carrera de Sosa es regular, pero se preparó muy bien física, mental y espiritualmente. Ahora se propone hacer el mayor número de defensas, ya que desde que El Travieso Arce dejó vacante el título, no ha habido un campeón duradero y él busca serlo, según afirma. Edgar rinde tributo a su esposa, que le ha acompañado en muchas de sus peleas, aunque en esta última no pudo, pero afirma que “el esfuerzo no ha sido sólo mío, también de ella y mi hija, así como de toda mi familia, porque sufren. “Mi madre nunca ha estado de acuerdo, mucho menos después de que vio un nocaut que me propinaron. Hoy están más metidos, porque las cosas son diferentes”, expone. ¿Cómo te ha cambiado la vida? Mucho; la misma noche de la victoria. Alguien me lo dijo en una ocasión: el día que seas campeón mundial la vida te va a cambiar. Han sido muchas entrevistas, reportajes, el teléfono no deja de sonar. Hasta Vergara me habló para felicitarme. El hecho de que la pelea haya sido en televisión abierta ayudó mucho, porque el público me conoció; además, como me robé la noche y la pelea fue la mejor de la velada, me tiene en la mente mucha gente. Hoy pienso en el bienestar y patrimonio de mi familia, lo demás viene por añadidura. Edgar señala que aprendió mucho de la pelea de Mijares y El Travieso, porque “siempre hay que ser un peleador inteligente. Cuando se pierde el piso, se descuida lo que hizo que se llegara hasta el sitio principal, te preocupas por otras cosas. Es mejor brillar con luz propia y que los reflectores no estén con uno. Hice lo que tenía que hacer y la gente habló después muchas cosas buenas de nosotros”, subraya. Desecha frontalmente la idea de ser un peleador completo y afirma que “nunca se termina de aprender ni a dominar los recursos. Es como un doctor, que tras obtener su título siempre se está preparando. Nosotros debemos mejorar más en la pegada, en la defensa, en más trabajo de las piernas, Hay que ver otras peleas”, afirma. Sobre la derrota de El Travieso, comenta que “le salió alguien más inteligente y le ganó en todo, en actitud, en la forma de expresarse, en cómo enfrentar un compromiso de esa magnitud, en todo le ganaron”. Admite con franqueza que alguna vez –en realidad 4 o 5– pensó en abandonar el boxeo. Por ejemplo, tras la primera pelea que ganó, regresó al gimnasio después de 5 meses. Sin embargo, acepta que siempre hubo gente que le apoyó y le daba ánimos para seguir. José Luis López y su hijo le solían decir que le echara ganas, al igual que su manager. “En el boxeo no se gana mucho dinero en las peleas previas a tener un título, porque te quedan entre 6 o 7 mil pesos, pero éstos se invierten en la preparación, así que no era fácil boxear y mantener una familia. Mi esposa entendió después que esto me gustaba y no ha dejado de apoyarme, pero sí, hubo ocasiones en que pensé dejar esto y dedicarme a otra cosa”, confiesa. Desecha la posibilidad de que pueda marearle la fama, porque cuando empezó a prepararse para el boxeo, también lo hizo para cuando llegara este momento. “Uno debe estar siempre con los pies en la tierra, llegarán las cosas, pero hay que saber capotearlas, porque pueden consumirnos, pueden destruir un hogar que llevó muchos años de sacrificio. Estoy preparado para soportar todo esto”, señala con seguridad. Informacion original en: |